Decidir: entre la rutina y el arte de ser feliz
Cuando un adolescente llega a una charla de orientación vocacional suele traer una pregunta enorme, casi solemne: ¿qué voy a ser? Como si de esa respuesta dependiera todo lo demás, y como si existiera, escondida en algún lugar, una carrera perfecta que hay que descubrir sin equivocarse. Esa expectativa paraliza. Y una elección tomada desde la parálisis, o desde la exigencia de ser extraordinario, rara vez es una elección libre.
La rutina no es lo opuesto a la vocación
Solemos asociar la rutina con lo gris, lo repetitivo, lo que hay que "romper". Pero una vida sin ninguna estructura no es más libre: es más cansadora. Aristóteles pensaba las virtudes como hábitos: no nacemos justos ni prudentes, nos volvemos tales practicando. Y la psicología contemporánea coincide en algo parecido: los hábitos sostienen la energía, ahorran decisiones menores y dejan lugar para lo que importa.
Una rutina, entonces, no es una jaula. Es el suelo firme sobre el que se puede construir algo. Y aquí aparece el primer eslabón de la cadena:
La rutina nos vuelve más felices, no porque sea excitante, sino porque nos da previsibilidad, pertenencia y la sensación de que nuestra vida tiene forma.
Las buenas decisiones se construyen de a poco
El segundo eslabón:
Las buenas decisiones son las que dan forma a esa rutina.
No hablo de las grandes decisiones dramáticas (qué carrera, qué ciudad), sino de las pequeñas y constantes: a qué hora me levanto, con quién me junto, a qué le dedico la tarde, qué cosas me niego a hacer. Una vocación se parece menos a un llamado que llega de golpe y más a una acumulación de pequeñas decisiones que van revelando qué nos hace bien.
Por eso conviene desconfiar de la idea de "descubrir" la vocación como quien encuentra un tesoro. Se parece más a construirla, como se construye una amistad: con tiempo, atención y algunos errores.
Bajar la vara: entre el miedo y la sabiduría
Y acá llegamos al eslabón más delicado. Reconocer lo que nos conviene pide, muchas veces, bajar la vara: dejar de exigirnos lo máximo, lo brillante, lo que se vea bien desde afuera, y aprender a conformarnos sanamente con lo que podemos construir día a día.
Vale la pena detenerse en ese "sanamente", porque la palabra "conformarse" tiene mala prensa. Y con razón: hay un conformismo que es puro miedo, el de quien se queda con lo poco porque no se anima a desear. Ese no es el que propongo. Hay otro, que la filosofía viene nombrando hace siglos:
Epicuro distinguía entre los deseos naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios, y los vanos. Sostenía que gran parte de nuestro sufrimiento viene de perseguir los últimos, aquellos que nunca se sacian.
Herbert Simon acuñó el término satisficing: en lugar de buscar la opción óptima (imposible de verificar), elegir la primera que sea suficientemente buena para nuestros criterios. Barry Schwartz, mucho después, mostró que quienes buscan siempre "lo mejor" (los maximizadores) suelen estar más insatisfechos con sus decisiones que quienes se conforman con lo suficiente.
Winnicott habló de la madre "suficientemente buena": no perfecta, y justamente por eso, saludable. Lo suficiente no es una versión menor de lo bueno; es lo que permite crecer.
Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe cómo la exigencia de rendimiento infinito nos convierte en explotadores de nosotros mismos. Bajar la vara es, en ese contexto, un acto de resistencia.
La diferencia entre el conformismo por miedo y el conformarse sanamente no está en cuánto elijo, sino en desde dónde lo hago. En el primer caso, renuncio porque me siento chico. En el segundo, elijo lo posible y suficiente porque me conozco, porque sé qué me da energía, y porque prefiero una vida que pueda sostener a una imagen que no puedo habitar.
Lo heredado y lo propio
Hay una pregunta que ayuda a distinguir una cosa de la otra: ¿esta vara la puse yo o me la pusieron? Muchas veces la exigencia viene de la familia, de la escuela, de las redes, del "qué van a decir". Bajar la vara no es traicionar el deseo propio; puede ser, al contrario, sacarse de encima el deseo ajeno para poder escuchar el propio. Ahí se cruza con algo más profundo: la vocación necesita interioridad, y la interioridad necesita silencio, tiempo y una vida lo bastante ordenada como para poder oírse.
Cuando la decisión resuena
En un texto anterior escribí que decidir "marca el fin de algo y el comienzo de algo que hay que aprender a sostener". Lo vuelvo a pensar acá porque una rutina bien construida no alcanza si no hay, debajo, algo que resuene.
Las decisiones de mayor peso se parecen a una campana: algo vibra en las fibras de nuestras emociones y deseos, y esa vibración es singular, no se puede copiar de nadie. Por eso el miedo previo no es una señal de que nos equivocamos; es casi el precio de decidir desde lo auténtico. Podemos seguir con miedos e inseguridades y aun así dar el paso. Lo que cambia es desde dónde lo damos.
Suele citarse a Sartre para decir que somos lo que decidimos. Yo agregaría: con lo que tenemos, y lo primero que tenemos es a nosotros mismos. No estamos completos, pero tampoco decidimos como si estuviéramos a medias. Somos, en el presente, sujetos con pasado y con futuro, y desde ahí elegimos.
Y hay algo más que aprendemos sobre la marcha. Somos como una guitarra: no sabemos qué pureza tiene su música hasta que la tocamos. Nadie puede contarnos cómo es volar; se aprende por uno mismo. Por eso conformarse sanamente no es dejar de soñar: es empezar a tocar con el instrumento que tenemos, confiando en que la música se va afinando mientras suena.
Una dinámica para trabajar con estudiantes: "Mi semana como pista"
- Registro (7 días). Cada estudiante anota, al final de cada día, tres cosas: qué actividad le dio ganas de más, cuál lo dejó vacío, y en qué momento perdió la noción del tiempo.
- Lectura. Al cabo de la semana, subrayan patrones. ¿Qué se repite? ¿Es algo que hacen solos o acompañados, con las manos o con las ideas, ayudando o creando?
- Rutina posible. Escriben cómo sería un día normal suficientemente bueno dentro de diez años: no un día extraordinario, sino uno que valga la pena repetir.
- La vara. Marcan qué elementos de ese día son deseo propio y cuáles son exigencias heredadas. ¿Cuáles soltarían sin perder nada esencial?
- Lo que resuena. Cada estudiante se pregunta: ¿qué decisión me da miedo y, sin embargo, resuena?
- Una decisión chica. Cierran con un compromiso mínimo y concreto para la semana siguiente.
Lo interesante es que la elección vocacional deja de ser una abstracción aterradora y pasa a apoyarse en datos de la propia vida. Herramienta de trabajo grupal DESCARGABLE.
Cierre
Quizás lo que necesitan los jóvenes (y bastantes adultos) no es más presión para encontrar su pasión, sino permiso para construir una vida buena sin exigirle que sea espectacular. Una vocación auténtica no se mide por su brillo, sino por su capacidad de sostenernos. Y eso empieza, casi siempre, en lo pequeño: en una rutina que cuidamos, en decisiones que tomamos con conciencia, y en la humildad de aceptar que lo suficiente, cuando es elegido con amor, ya es mucho.
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