«Ser» o «No-ser»: las metáforas del que «No fue» (el enemigo)
¿Quién sos cuando nadie te está mirando?
«El amigo es otro yo.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1166a
«La caridad es amistad.»
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II
«Un amigo es uno mismo en otro cuero.»
Atahualpa Yupanqui
I. El fragmento que entra en el ojo
Hay un cuento que casi todos conocemos a medias: el de la Reina y su espejo mágico, que responde con la verdad —o con lo que ella necesita escuchar como verdad— cada vez que pregunta quién es la más hermosa del reino. Pero hay otro relato, menos citado y más inquietante, que conviene recuperar antes: el de Andersen, en La Reina de las Nieves. Un trasgo —un duendecillo travieso de la mitología nórdica— fabrica un espejo que no refleja: deforma. Todo lo bueno se empequeñece hasta casi desaparecer, y todo defecto se agiganta. El espejo se rompe en el cielo y sus millones de esquirlas caen sobre el mundo. Algunas entran en los ojos de la gente, que desde entonces ve todo torcido; otras entran en el corazón, que desde entonces late frío, como un trozo de hielo.
Ese es el verdadero arquetipo que quiero proponer: no el espejo que miente completo, sino el espejo roto, el que refleja en fragmentos, el que multiplica una sola arista de nosotros mismos hasta que creemos que esa arista es todo lo que somos.
Porque lo que las dos historias comparten —la Reina que pregunta y el trasgo que deforma— es una misma operación: investimos al espejo de una autoridad que no le pertenece. Le entregamos el lugar de un juez que dictamina quiénes somos, cuando en realidad ese lugar nunca debió salir de nosotros.
II. El espejo como padre prestado

Todo proceso de individuación necesita, en algún momento, un espejo. El psicoanálisis lo explicó bien: el niño se reconoce por primera vez como una unidad, como un «yo», al verse reflejado —en un vidrio, pero también en la mirada de otro que lo sostiene y lo nombra—. Ese primer espejo es necesario. Es el que nos permite decir «existo, soy uno, tengo un contorno».
El problema no es mirarse. El problema es quedarse a vivir ahí, delegar en ese reflejo la respuesta a las preguntas que en realidad son nuestras: ¿soy digno de amar y de ser amado? ¿tengo capacidad de responder ante mi propia necesidad y ante la del otro? ¿puedo sostener un criterio de justicia?
Estas tres preguntas —amor, capacidad de respuesta, justicia— no se resuelven en el espejo. Se resuelven en el vínculo, en el acto, en el tiempo. Pero cuando el deseo enferma, cuando se tuerce como el corazón congelado de Andersen, empezamos a pedirle al espejo lo que el espejo no puede dar: una sentencia final sobre nuestro valor. Y ahí el espejo deja de ser instrumento de reconocimiento y pasa a ser tribunal.
Ese es el primer desplazamiento enfermo: convertir una herramienta de autoconocimiento en una autoridad externa de la que dependemos para sabernos dignos.
III. Cuando la herramienta se vuelve mercado
El segundo desplazamiento es contemporáneo y lo vivimos todos los días. La imagen —que podría ser lenguaje, testimonio, arte, memoria— se volvió, en el uso desequilibrado de lo visual, mercancía de validación. Publicamos no para decir algo sino para que alguien confirme que existimos bien, que existimos deseables, que existimos suficientes.
El problema no es la fotografía ni la pantalla: es la falta de criterio con la que las habitamos. Cuando el juicio ajeno —esa mirada difusa, cuantificada en corazones y en números— empieza a pesar más que el propio, la herramienta se invierte: en lugar de servirnos para vincularnos, nos convierte en consumidores compulsivos de una imagen de nosotros mismos que nunca termina de alcanzarnos. Perseguimos el reflejo perfecto con la misma sed con la que un espejismo se persigue en el desierto: cuanto más cerca creemos estar, más se aleja.
Es el mismo mecanismo del trasgo y su espejo roto, actualizado: un fragmento —el cuerpo, el estilo de vida, el «buen momento»— se agiganta hasta ocupar todo el campo visual, mientras lo demás, lo que no entra en el encuadre, se empequeñece hasta desaparecer. Vivimos, entonces, fragmentados: mostrando una esquirla y llamándola identidad completa.
IV. El enemigo que tiene mi propia cara

Y sin embargo, hay una segunda lectura posible de este mismo espejo, y es la que más me interesa dejarles a modo de cierre.
Hamlet se pregunta, frente a la duda que lo paraliza, «ser o no ser». Esa pregunta suele leerse como un dilema entre existir y dejar de existir, pero admite otra lectura: la de todo lo que, en nosotros, quedó del lado del «no ser». Cada elección que hacemos —cada camino que tomamos— deja atrás una versión nuestra que no fue, que no se realizó. Y esa versión no desaparece: queda rondando, como una sombra, como un doble no vivido.
Ese «que no fue» es, muchas veces, el verdadero enemigo interior. No un monstruo ajeno, sino la parte de nosotros que reprimimos, que no nos animamos a ser, que le cedimos al espejo o a la mirada ajena en lugar de habitarla nosotros mismos. Jorge Bucay lo cuenta con una claridad ejemplar en su relato «El temido enemigo»: un guerrero avanza durante años, atravesando peligros, para enfrentar de una vez al enemigo que más teme. Cuando por fin llega ante él y se anima a mirarlo de frente, descubre que ese enemigo temido tiene su propio rostro. En muchos relatos del doble —pensemos también en esa larga tradición literaria del hermano oscuro, del perseguidor que resulta ser uno mismo— el enemigo más temido termina revelando el rostro de un amigo: el propio. Lo que perseguimos con miedo, lo que rechazamos, lo que combatimos afuera —en la comparación, en la envidia, en la imagen ajena que nos hiere— no es más que esa parte nuestra, ese «no fue», que todavía no supimos reconocer ni nombrar.
El «enemigo» no vive en el espejo ni en quien nos mira. Vive en el «no fue»: en la necesidad no aceptada, en la versión de nosotros que dejamos sin habitar. Mientras neguemos esa necesidad —de amor, de reconocimiento, de pertenencia—, ella actuará como un perseguidor: nos hará competir, compararnos, consumir imágenes ajenas como quien busca comida y nunca se sacia. Pero en el instante en que aceptamos esa necesidad como legítimamente humana —no como debilidad, sino como parte constitutiva de ser sujetos— el deseo se transforma. Deja de ser una fuga hacia afuera, hacia el espejo, hacia la aprobación ajena, y se convierte en una fuerza que podemos habitar y dirigir.
Ahí el enemigo se hace amigo inseparable: no porque desaparezca, sino porque lo reconocemos como propio. Ya no lo perseguimos ni nos persigue: caminamos con él, sabiendo que su presencia es la marca misma de que somos seres deseantes, incompletos, y por eso mismo capaces de amar, de responder y de buscar justicia.
V. Para no cerrar

El espejo roto de Andersen no se cura evitando espejos. Se cura sabiendo que ningún fragmento, por más que brille o por más que nos hiera, es el todo. Recomponer la identidad no es juntar los pedazos hasta lograr un reflejo perfecto —esa fantasía es, precisamente, la trampa—; es aprender a mirar más allá del vidrio, hacia el lugar donde el valor propio no depende de ninguna superficie: el vínculo, el acto de justicia, la capacidad de amar y de responder a la necesidad, propia y ajena.
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